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Confesiones de otro nerd musical

Tengo 21033 canciones en mi biblioteca. Eso da 93095 minutos, 144 gigas y dos meses y cuatro días de música ininterrumpida. Con esta afirmación confirmo que estoy enfermo: creo que no es tanto. Creo que soy apenas un iniciado, y creo que, aunque le tenga cariño a cada megabyte de música comprimida en mi disco duro, mi colección de música es más bien limitada.
¿Cuándo el internet nos convirtió en nerds musicales, obsesionados por encontrar rarezas y por presumir excentricidades musicales a un prójimo que consiguió la misma colección en las mismas páginas de descarga ilegal?. Pongamos un poco de estructura.
Respondan rápido a la siguiente pregunta. ¿Cuál es el personaje moderno con el que más se identifican?
Su respuesta fue, por supuesto, Rob Gordon.
¿No?
Ok. Rob Gordon es el personaje principal de High Fidelity, extraordinaria película ni-siquiera-tan-indie sobre un tipo que tiene una tienda de vinilos en Chicago. Creo que hay tres razones por la que nos identificamos tanto con el film (porque lo han visto, ¿no? ¿NO? ¿Por qué están leyendo esta absurda confesión en vez de degustarlo? ¿Qué esperan?)
1. La vida amorosa tumultuosa de Rob, tan sufridora, estructurada mediante Top 5s y canciones de Marvin Gaye.
2. Dry the Rain, de The Beta Band.
3. Esa obsesión por materializar el playlist perfecto en un cassette que va para alguien.

robgordon

Y es que el playlist perfecto sólo se puede materializar en cierto contexto, para cierta persona, con un profundísimo conocimiento de qué canción será oportuna como sucesora de la anterior. Y ese profundísimo conocimiento sólo puede conseguirse mediante un método innegociable: tenemos que haberlo escuchado todo. De allí, creo, nace nuestra obsesión. El pavor de que a la tercera canción de nuestra lista de reproducción le pueda seguir una canción mejor de la que escogimos.

Es por ese pavor que nosotros, los nerds musicales, hacemos afirmaciones patéticas como “los discos hay que escucharlos completos, ¡es la visión del artista!”. Por favor. ¿De veras creemos que cinco tipos, con todas sus limitaciones físicas y culturales, pueden crear el playlist perfecto y plasmarlo en un vinil, o un cd, o un concierto rarísimo en alguna plaza en Europa del Este en 1985? No. Nos ahueva que la canción que nos siga pierda moméntum. No crear ese crescendo sin contaminación para una reunión social en la que sabemos, la música ni siquiera importa tanto. “Eso es lo que crees”, decimos en otra afirmación patética. Creemos que nuestra obsesión es útil. Si no, ¿cómo justificamos esos cientos de dólares gastados en audífonos, o todas esas noches en las que nos amanecimos para que nuestra biblioteca musical no tenga falencias? ¿Cómo defender el malgastar horas en Google para, con suerte, ir a parar en alguna página de pornografía búlgara donde, con más suerte aún, estará el bootleg de esa banda que nunca firmó un contrato disquero pero es ESENCIAL?
Creo que dos meses y cuatro días de música ininterrumpida son pocos porque cuánto tiempo le he dedicado a mi música. Ustedes también pensaron que era poco significativo, ¿no? Claro, con el tiempo que pasamos en foros, en Pitchfork, en rateyourmusic.com, en Metacritic, en Gorilla vs Bear, en Google buscando rarezas, en la frustración agobiante de no encontrar cierto LP con cierta calidad porque los gringos desgraciados bajaron el link, todo parece poco. Y eso sin hablar de la música como tal: hay que escucharla y repetirla y compararla con el resto de la discografía del artista (y hacer un top 50 canciones de Prince para algún foro) y con su época (Top 50 Discos de los 80 para algún foro) y de la historia (Purple Rain es mi número 134). Y listas y listas y más listas, y es que hay tener los esfuerzos contabilizados porque, la próxima vez que nos pidan una canción para un picnic de día lluvioso, tenemos que ser OPORTUNOS.
El pavor es tal que cuando nos piden algo “ameno” y “movido” para la reunión social, inmediatamente tenemos que replicar algo al estilo de “¿Qué quieren escuchar?”. Aun cuando sabemos que no tienen la más puta idea. Aun cuando sabemos que, lo que sea que nos pidan, podemos superarlo. Ay, el pavor. El pavor de que nuestro gusto no sea respetado. El pavor de que nuestros esfuerzos sean vanos. Que, ante los ojos del Señor, dé exactamente lo mismo si nuestra canción favorita es Aserejé, de las Ketchup. Y que los cincuenta bootlegs de Radiohead en nuestro disco duro no nos rediman absolutamente nada.ketchup

Interludio.
Top 5 Bootlegs de Radiohead (sin importar calidad de grabación, pero tiene que ser ESCUCHABLE)
1. Nijmegen, 16 de Septiembre 2000.
2. Bonaroo, 17 de Junio 2006.
3. Berlin, 4 de Julio 2000.
4. Earl’s Court, 27 de Noviembre 2003.
5. Gorge, Washington, 23 de Junio 2001.

 

Mención Especial: Toronto, 8 de junio 2006
Mejor Intro a Everything In Its Right Place: Les Eurockenees, Belfort, 4 de Julio 2003. ¡Abre con After The Gold Rush, de Neil Young!

  

Fin Interludio.

  

“Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe.”
Esto lo dijo Jorge Luis Borges. Quizás no sea el pavor sino esta cita desgraciada la que nos motiva, amigos nerds-musicales. Ese aire de importancia que le otorgamos a cada nueva descarga. Tengo 1800 álbums completos en mi disco duro, y casi que cada uno fue un archivo .rar que abrí genuinamente emocionado. Como si estuviese creciendo como ser humano. Mierda, como si lo estuviera comprando. Como si la cantidad de canciones en el disco duro significasen algo. Lo que puedo presumir, eso sí, es que mi humilde biblioteca nunca se concibió por un primo mayor que me cruzó doce gigas de clásicos. Oh no. Tuve que restaurarlo, byte por byte, una vez que el anterior se quemó por que el CPU un día ya no dio. Y luego lo restauré, canción por canción, porque tenía demasiados artistas en 128 kbps, y, según yo, se notaba. Yo, que estoy seguro de que tengo el sentido auditivo demacrado por todas esas mañanas con audífonos in-ear retumbando a lo que dé el reproductor.

Hay más fenómenos. Hay el fenómeno del HYPE. Me explico. borgesUna publicación que nos importa (a.k.a. Pitchfork, aún cuando hablamos mal de él) pone en sus noticias que cierto artista va a sacar un nuevo disco. Otro medio publica una entrevista. Cincuenta tipos en un foro afirman estar emocionados. Escuchamos el single en youtube veinte veces y nos aseguramos que se trata de “Los Siguientes Beatles”. Nos emocionamos, también. Escuchamos el disco en calidad bajísima tres veces seguidas cuando sale. Decimos que está buenísimo porque la gente emocionada sigue emocionada. Un buen día, no lo escuchamos. Al final del año, lo nombramos en nuestro Top Diez, pero al final, porque ni fue para tanto. No lo escuchamos sino dos años después. Buen disco, decimos. No es una obra maestra, decimos, pero en retrospectiva fue bueno. Pitchfork cobra su cheque por publicidad web. El ciclo se repite.
Hay el fenómeno de la Tomada por Sentado. Me explico. Cuando nuestros precursores compraban un CD, estaban obligados a escucharlo. Una y otra y otra vez. Nosotros no. Podemos descargar el disco, escuchar la canción que nos gusta, y olvidarlo. Salvar un par de temas y botarlo. Nuestros precursores nos difaman porque es tan fácil tener tantas canciones ahora, y que no somos auténticos coleccionistas. Por supuesto que no somos coleccionistas: somos nerds. Sí, Rob Gordon, sé que nos aborreces. Pero sé que, en esencia, eres lo mismo. Y hoy tienes tu biblioteca de Media Monkey (o Winamp. Rob Gordon no puede usar iTunes) repleta de canciones que descargaste con par clics. Y te costó lo mismo de tiempo (no de plata, pero el dinero es un sistema de mentira, ¿no?) el abrirte paso por foros para encontrar esa rareza deliciosa que presumirás a tus amigos igual de enfermos en el chat. Y te sentirás como un capo. Un melómano de verdad. ¡Tus esfuerzos valen la pena!
Pero hay que entender que la melomanía tiene que desarrollarse en soledad. No hay ninguna recompensa social para nuestra obsesión (¿cuántos de nosotros somos DJs?) por constituir playlists grandiosos (y si sí, son poquísimas, y son siempre superadas por los “tu música es bien rara igual”). Es por eso que, ante todo, me creo un nerd. Desarrollamos todas esas obsesiones y mini obsesiones musicales (escuchar sólo post-rock durante dos semanas, sólo krautrock, sólo hip hop) sin ninguna otra motivación que el placer estético. El Oportunismo. Al final del día, no somos los artistas que tanto veneramos. Somos más parecidos a un jugador de World of Warcraft que de Bjork. Pero podemos criticarlo todo.
Y este es mi último punto. El nerd musical de verdad no puede ser snob. No puede despreciar NADA. El gusto musical y artístico de una persona, cualquier persona, es sagrado. El baño de humildad llega sólo cuando hemos indagado BIEN profundo (porque sí, al principio somos repugnantes y nos burlamos de raperos puertoriqueños y actos teen-pop escandinavos con autoridad casi divina). En mi caso, me llegó cuando arribé a atease.com, el foro musical de fanáticos de Radiohead (que no, ni siquiera es mi banda favorita). Entonces me encuentro con este tópico sobre Los Mejores Álbumes de la Historia. Y, para mi sorpresa, ¡yo era el que no tenía la más puta idea! Estoy hablando de avant-garde en serio, camaradas. Maldoror publica su lista y reconozco a tres discos: IV, de Faust; Future Days de Can y Tilt, de Scott Walker. El resto, ni idea. Cuando indagué en esa prisa claustrofóbica del “No puede ser que sea tan IGNORANTE”, entiendo que su lista está casi completamente conformada de grupos de jazz libre y experimentos electrónicos.faustcanscottwalker

Y entiendo, ante todo, una verdad fundamental: mi obsesión no hace que mi gusto musical sea más especial. Es deprimente, hermanos, pero es cierto. Hoy por hoy, no creo que haya artes mejores que otros. Hay mejores sentires, quizás. Más trabajados. Pero varían tanto de persona en persona que es demasiado conflicto. Una vez manifesté que lo único que hace la “buena” música es “subir tus estándares”. Es una afirmación que ya no creo. Al final, ¿quién juzga? Enfermos como nosotros, camaradas. Los críticos musicales son, como requisito, nerds. Pero no lo hacen porque se la creen. Creo que lo hacen porque juzgar, en el fondo, tiene algo de artístico (cuestión de Forma, nunca de Fondo). Y es lo más artístico que nosotros podemos hacer hasta el buen día en que tomemos una guitarra y que, en una epifanía, reflejemos nuestro sentido de Oportunismo en una obra maestra colosal.
Creo que al final prefiero creer en Borges. En todo caso, me conviene.

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